17 de mayo al 5 de junio del 2026
Tóxcatl (algunos autores mencionan que significa “sequedad”, “cosa seca”, “humo”, “perfume”, “incienso” o “sahumerio”) era la quinta veintena del calendario mexica, la cual estaba destinada a las celebraciones de Tezcatlipoca. Este Dios (quien es uno de mis favoritos) es el encargado de darte toda la felicidad, pero también la tristeza; toda la riqueza, pero también la pobreza; toda la salud, pero también la enfermedad. Es el que te da un golpe de suerte, pero también el que puede quitarte todo en un instante. Es el que te hace hacer amigos, pero también pelearte con tus vecinos y seres queridos. Solo se han encontrado dos estatuillas de Tezcatlipoca: una está en París y la otra puedes verla en la sala mexica del Museo Nacional de Antropología e Historia. Del lado izquierdo, en la sección de los dioses, verás una diminuta figura oscura. Jamás pensarías que tan pequeño personaje pudiera ser tan poderoso. Algún día contaré mi encuentro con él y el llanto que le ocasionó a mi novia cuando se lo presenté. Hoy en día, cada que voy al Museo de Antropología, por supuesto que lo visito y le hago una reverencia.

Bernardino de Sahagún refiere que esta era la celebración PRINCIPAL entre todas las fiestas mexicas. Para recordar el gran poder de este Dios, se hacía un rito tan extraño como poderoso. Escogían, un año antes de esta fecha, a un joven que fuera virtuoso: gran cantante y orador, sin ningún defecto en su cuerpo; su cabello debía ser largo hasta la cintura. Durante todo este año sería una representación terrenal perfecta de Tezcatlipoca. Se paseaba por Tenochtitlán con flores en el cuerpo y todo mundo que lo veía lo alababa y se postraba ante el joven. Veinte días antes de cumplirse un año de su “reinado”, se le entregaban cuatro mujeres jóvenes, por lo que podía tener relaciones sexuales ilimitadas con ellas durante este periodo. Le obsequiaban ropa nueva y, justo al iniciar la veintena, le cortaban el cabello. En todo este tiempo era muy agasajado con fiestas y comidas deliciosas.
Finalmente, llegado el Toxcatl, lo llevaban a un templo lleno de pedazos de la flauta que él tocaba durante un año. Por su propio pie subía las escaleras hasta llegar a la cima, donde unos sacerdotes finalmente lo sacrificaban, sacándole el corazón, y su cabeza era colocada en un Tzompantli.

Pienso que, en la actualidad, podemos pensar en el Tóxcatl como un recordatorio de lo efímeras que son las posesiones y las cosas que nos suceden, tanto las buenas como las malas. En ser conscientes de la transitoriedad de todo y en poder valorar la bonanza y la riqueza, porque después pudiera venir una mala racha de enfermedad y problemas económicos. Disfrutar el momento porque mañana pudiéramos ya no estar vivos. Disfrutar la compañía, porque en un instante todo puede cambiar. Pero también pienso que algo que no está presente en nuestra cultura es la previsión, la administración o la inversión y tratar de equilibrar estos opuestos. Los nórdicos, por ejemplo, saben bien que sus recursos naturales son tan limitados, que el frío puede durar casi 6 meses y en épocas del año ni siquiera habrá sol, y suelen ahorrar y administrar su abundancia para esas épocas. En cambio, al parecer, en los países cálidos, todo lo damos por sentado; gastamos recursos porque nos parecen ilimitados, recibimos aguinaldos en noviembre y para enero hay filas gigantescas en las casas de empeño. Gastamos horas al día navegando redes sociales cuando pudiéramos aprender cosas como esta que hoy escribo (que ni siquiera yo, que soy guía de turistas sabía con exactitud).
Ante la perspectiva mexicana de envejecimiento poblacional, sequías, pérdida de bosques, ríos y lagos, agotamiento del petróleo y carbón, y aumento de la temperatura por cambio climático, creo que eventualmente aprenderemos a ahorrar y administrar, aunque tal vez, para entonces, sea demasiado tarde.
Fuentes:
Historia general de las cosas de la Nueva España, Fray Bernardino de Sahagún.
Arqueología mexicana, número 71. 2017.
Imagenes:
1. Sitio web de arqueología mexicana
2. Historia general de las cosas de la Nueva España, Fray Bernardino de Sahagún.



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