La primera vez que intenté entrar a la puerta del infierno estaba cerrada. Ha pasado una semana desde entonces. Hoy domingo es el día más frío de lo que va de este invierno. Mi anterior fracaso y las historias que he escuchado sobre el temible lugar derrotan finalmente el confort de mi cama. Cruzo en bicicleta el Paseo de la Reforma. El aire frío quema en la cara, entume, estremece. A la altura de la biciescuela, me detengo para ponerme doble chamarra. Minutos después, llego a la cueva de Cincalco en el corazón del Bosque de Chapultepec. Inhalo y exhalo profundo. Me dirijo lentamente hacia la puerta del inframundo.
| Entrada a la cueva |
Cuenta la leyenda (o la historia) que Huémac, rey de los toltecas, se enfrentó en un juego de pelota a los tlalocas. Quien resultara ganador, obtendría jade y plumajes. Ganó Huémac, pero los siempre juguetones tlalocas entregaron maíz a cambio de tesoros. Huémac lo rechazó (cualquier persona sensata lo hubiera hecho) y fue en ese decisivo momento que los tlalocas (dioses de la lluvia) lanzaron su cruel maldición: La negación del maíz representaría el fin de los toltecas.
Cuatro años de heladas, sequías y calores inmundos caerían sobre los toltecas trayendo consigo muerte y hambruna. Finalmente, Huémac sucumbió y fue a suicidarse a la cueva de Cincalco. Pero la historia no terminó ahí (y al parecer no acabará jamás). Casi cuatrocientos años después de aquellos sucesos, Moctezuma II se enfrenta a otro infierno: La llegada de los españoles. Confundido y asustado, Moctezuma considera muy seriamente, al igual que Huémac siglos atrás, cometer suicidio. Comienza los preparativos para ello y enviándole ofrendas le manda consultar al mismísimo Huémac, -ahora guardián de la cueva-, si debería escapar de su destino, suicidarse y con ello, unirse para siempre con él.
| Panorámica del Audiorama de Chapultepec, a la izquierda la cueva. |
No hay ningún letrero que explique al visitante la magnitud de lo que tiene enfrente. El espacio alrededor de la cueva de Cincalco hoy es un hermoso y apacible audiorama. Bautizado por Salvador Novo como “In xochitl, in cuicatl” (en la flor, el canto), el audiorama de Chapultepec es uno de los oasis que aún se pueden encontrar en la Ciudad de México. Uno de sus secretos mejor guardados. Casi no llega la gente hasta allá y los pocos despistados huyen en cuanto escuchan la música clásica. El ambiente es sereno, pero denso.
Contemplo absorto la entrada a la cueva (hoy sellada para evitar más suicidas) y llegan dos grupos de jóvenes. El guía del primer grupo trae una monografía bastante bien hecha y están hablando en inglés. Es evidente que son mexicanos practicando inglés. Un club ambulante de conversación. Lo hacen muy bien. El segundo grupo consiste en ciclistas uniformados con su infaltable e infumable chaleco naranja fosforescente. Están maravillados con la cueva, pero su guía no les da información exacta. Cuando empieza a hablar de chaneques yucatecos saliendo de esa cueva, pienso que no puedo permitir que se vayan sin conocer sobre la maravilla que tuvieron enfrente. Intervengo. Me escuchan atentos.
Mientras les narro la historia de Huémac, un hombre ataviado de gorra y pants, entra a la cueva. Ha esquivado las advertencias y los cordones de seguridad del lugar. Hace un ritual y enciende una vela. Termina, sale de la cueva y me interrumpe. Dice que ha escuchado información incorrecta y que “no puede permitir que se vayan sin conocer sobre la maravilla que tuvieron enfrente”. Les empieza a contar la misma historia que yo les había contado hace unos instantes. Me molesto un poco. Los ciclistas me ignoran totalmente y se quedan fascinados con el tipo ese. No me importa tanto ya. No tengo ganas de confrontación -y mucho menos a unos metros de la puerta del infierno-. Me quedo sentado frente a la cueva. Pienso en lo difícil que debe ser la chamba de historiador: Cuando por fin crees que encontraste la “verdad”, siempre habrá alguien dispuesto a refutarte. Y también cavilo en las diferencias entre historiador y cronista. Por lo visto para ser historiador se debe tener un alto rigor metodológico, mientras que para ser cronista basta ser simpático, memorioso y elocuente. Parece que todos los mexicanos tenemos una visión diferente del pasado: La famosa visión de los vencidos, de los vencedores, de los que iban nomás pasando, de los que nunca estuvieron ahí, los que nos hemos dado cuenta que en realidad no sabemos nada de nada y de los que en verdad no saben nada de nada.
Al poco rato, se me acerca el cronista de Cincalco otra vez. De alguna forma me pide disculpas por interrumpirme bruscamente. Nos damos una segunda oportunidad y ahora nos caemos bastante bien. Se llama Carlos. Me cuenta que es una especie de voluntario en la cueva y diariamente le hace a Huémac una ofrenda a las doce del día. Le deja incienso, puros, cuarzo, cacao, cacahuate y algunas otras cosas que la gente lleva. Carlos trabaja a menos de un par de kilómetros de ahí, en guardias presidenciales. Me quiere demostrar que no está diciendo mentiras y me enseña una revista setentera de arqueología con un párrafo sobre la cueva, escrito por el mismísimo Eduardo Matos Moctezuma. Después me dice que el lugar tiene propiedades físicas y magnéticas, y que sólo las mujeres y niños pueden sentir sus efectos. Para ganar mayor legitimidad en su relato, llama a la única mujer ciclista del grupo y la introduce personalmente hasta la entrada sellada de la cueva. Le pide que extienda los brazos hacia arriba y que se quede parada ahí. Carlos sale y me dice, casi al oído: “Las mujeres se sienten atraídas magnéticamente a la cueva. Cuando salga va a decir que se siente mareada y aturdida”.
Minutos después sale la ciclista con una risa nerviosa y un poco pálida. Pide agua. Sus compañeros hacen bromas: “Pensamos que ya se nos había hecho y que no te íbamos a volver a ver”, “Sandra es tan mala onda que ni su sangre quieren”. Todos ríen menos yo. Le pregunto a Sandra que fue lo que sintió. Me contesta que sintió que la jalaban hacia la cueva, y que se sentía un poco débil y mareada. No me pareció que hubiera sido un show montado, y si lo fue, que buena actriz resultó Sandra. Carlos, siempre con aire de autoridad, y una vez que se han ido los ciclistas, me empieza a contar un montón de ¿leyendas? sobre la cueva.
| Los ciclistas yéndose. |
Me dice que existe un nahual en forma de perro negro que regularmente sale de la cueva. Asegura haberlo visto una vez, y que varias personas le han preguntado si el adorable y grandote can negro, vive ahí. Yo pienso que podría tratarse de un can Cerbero mexicano. Carlos afirma también, que Huémac sale cada 7 años por sangre de doncellas. Relata que histórica y periódicamente se han perdido niños en Chapultepec, y que esa fue una de las razones por las que el gobierno decidió sellar la cueva en los setentas. También cuenta que varios niños han visto a Huémac asomarse desde la cueva. Lo han descrito como alto, con el cabello largo, su taparrabos bien puesto y algo en el pecho, que no pueden distinguir entre un tatuaje o un fabuloso collar.
El cronista me cuenta que las autoridades de Chapultepec no han puesto letreros sobre la cueva, puesto que quieren evitar que se convierta en un lugar masivo de culto. Me relata que seguido se han encontrado gallinas descabezadas y hasta fetos humanos en las inmediaciones de la cueva. Y también asegura que el verdadero acceso al inframundo no es donde Héctor de Mauleón o yo, pensamos que es, sino que se marcó donde ahora está una virgen. Virgen que por cierto, el mismo Carlos expresa haber colocado después de que una niña, -ya en este siglo XXI-, cayó desde uno de los pasillos más altos que conducen al castillo. Unos bambúes que aún se pueden ver, fueron los que amortiguaron la caída de la niña, quien resultó sorpresivamente ilesa.
| La Virgen, presunta entrada real a la cueva. |
En 1974, el escritor y antropólogo italiano Gutierre Tibón, relata una expedición a la cueva. Cuenta que incendió un papel y lo lanzó hacia la profundidad. Pudo divisar la entrada “a una galería que se interna dentro del cerro”. Carlos me aseguró que la profundidad de la cueva hacia abajo es de 78 metros, pero que a partir de ahí, hay una segunda cueva, cuyo fondo es insondable.
Ante la negativa de Huémac, Moctezuma II tuvo que vencer sus miedos y enfrentó a los españoles con los resultados que ya conocemos. Huémac fue claro y contundente: Moctezuma II no tenía cabida en el infierno (aún) y debía enfrentar su destino. Me parece fundamental reproducir el mensaje, terrible pero magnífico, enviado por el espíritu de Huémac a Moctezuma II:
¿A qué quiere venir acá? ¿Piensa que en este lugar hay joyas y piedras preciosas y plumas y mantas ricas, como las que él goza allá en el mundo? Díganle que se engaña, que goce de lo que goza y se esté quedo, que lo que está determinado, que no lo puede huir, y díganle que estos que están en mi compañía, que también fueron hombres como él y que gozaron de lo que él goza y ahora padecen lo que ves: Míralos y considéralos cuán diferentes figuras tienen aquí de las que allá tenían; que no piense que aquí tenemos ningún contento y alegría, sino todo trabajo y miseria, y que a este lugar no venimos nosotros de nuestra voluntad, sino traídos por fuerza y estamos con la voluntad del muy alto, que ¿cómo puede él venir acá?
***
Ante estas palabras me quedo pensando. ¿De verdad será tan terrible el infierno? Si todo es trabajo y miseria, ¿en qué se diferencia del mundo en donde vivimos ahora? ¿Y si de pronto fuera al revés? ¿No estaremos nosotros viviendo también en el infierno? ¿Y qué tal que Dante Alighieri tenía razón y en realidad hay varios círculos del infierno? ¿Y si el planeta fuera un círculo y México otro y la ciudad otro y el Mictlán otro?
Regreso a mi casa. En Reforma la gente sigue paseando, caminando, patinando, haciendo zumba como si nada les preocupara. Por el intenso frío, ya me es difícil andar en bici, mis manos no reaccionan. Me siento húmedo, como si estuviera sudando frío. Me vuelvo a detener -casualmente- enfrente de la biciescuela. Observo. La mayoría de sus alumnos son adultos. Como a mi, nadie les enseñó a andar en bici cuando eran niños. Van a disfrutar muchísimo la bicicleta. Más les vale que lo hagan. Y que disfruten todas las cosas de la vida y que disfruten lo que les quede de vida, pues el infierno les queda muy cerca.



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